27 de enero de 2026 - 12:17 PM
SALUD MENTAL | Artículo por psicóloga clínica Carolina Escobar 
carolina@escobar.gt


Un problema que no se detiene

El bullying sigue siendo una realidad en las aulas guatemaltecas. Aunque existen leyes y protocolos, las cifras muestran que aún falta mucho por hacer. En 2025, el Ministerio de Educación y el Observatorio de Salud Reproductiva (OSAR) reportaron 28 denuncias de acoso y violencia sexual en escuelas públicas, pero solo ocho terminaron en sanciones. Además, el Instituto Nacional de Estadística estima que 3 de cada 10 estudiantes de nivel básico han sufrido algún tipo de acoso escolar en los últimos años. La impunidad y la falta de respuesta efectiva agravan el problema.


Un caso que sacudió al país

En 2024, un adolescente de secundaria en la capital fue víctima de acoso constante. El hostigamiento derivó en aislamiento social y síntomas depresivos severos. El caso, ampliamente difundido en medios, puso sobre la mesa la urgencia de contar con protocolos claros y efectivos en los centros educativos. La historia reflejó lo que viven miles de estudiantes en silencio.


Caso en Quetzaltenango: denuncias en centros educativos

En 2023, la Dirección Departamental de Educación reportó entre tres y cinco casos de acoso escolar en establecimientos de la cabecera departamental y en Coatepeque. Las comisiones de disciplina de cada centro educativo fueron las encargadas de conocer los casos y aplicar sanciones, que podían ser temporales o definitivas. Durante la pandemia también se documentaron episodios de ciberbullying, lo que evidenció que el acoso no solo ocurre en el aula física, sino también en entornos digitales. 


Caso extremo: Colomba, Quetzaltenango

En septiembre de 2024, un hecho trágico en Colomba, Quetzaltenango, encendió las alarmas sobre el impacto del acoso y el ciberacoso. Un adolescente de 14 años, Francisco Henry Puac Aguilar, murió tras ser baleado por un niño de 11 años en un gimnasio municipal. Según las investigaciones, el ataque se originó en una discusión vinculada al videojuego Free Fire, lo que abrió hipótesis sobre cyberacoso y reclutamiento digital de menores. Este caso mostró cómo la violencia escolar puede escalar y mezclarse con dinámicas digitales, generando consecuencias irreversibles. 


Las cicatrices invisibles

El acoso escolar no solo deja marcas emocionales, también afecta el desarrollo neurológico y mental de los niños, niñas y adolescentes (NNA).


  • Psicológicas: ansiedad, depresión, baja autoestima.
  • Neurológicas: el estrés crónico altera la memoria, la atención y el aprendizaje.
  • Mentales: riesgo de trastornos de conducta e ideación suicida.


Investigaciones internacionales confirman que el bullying activa de forma constante el sistema de estrés del cerebro, generando cambios que pueden acompañar a la persona hasta la adultez.


El papel del hogar

El primer espacio de socialización es la casa. Una crianza respetuosa y libre de violencia es clave para que los niños no normalicen la agresión. Muchas veces, el acoso escolar refleja dinámicas familiares marcadas por gritos, golpes o indiferencia. Crear entornos sanos implica escuchar, validar emociones y establecer límites sin violencia.


Señales de alerta

Padres y cuidadores deben estar atentos a comportamientos como:


  • Aislamiento
  • Retraimiento
  • Miedos excesivos
  • Negativa a asistir al colegio


Ante estas señales, buscar ayuda profesional es indispensable. Psicólogos y psiquiatras pueden acompañar el proceso y evitar que las consecuencias se vuelvan irreversibles.


Un llamado urgente

El acoso escolar es más que un problema de convivencia: es una amenaza directa a la salud mental de la niñez y adolescencia. Guatemala en general necesita reforzar sus protocolos, garantizar sanciones efectivas y promover entornos familiares respetuosos. La prevención empieza en casa y se consolida en la escuela. Solo así podremos cerrar esta herida abierta y asegurar un futuro más sano para nuestros niños y adolescentes.