29 de enero de 2024 - 10:00 AM
Con información de María José Longo Bautista / Agencia Ocote
PARTE I
Desde hace más de 90 años, en el Occidente de Guatemala hay dos municipios del departamento de San Marcos en guerra: Ixchiguán y Tajumulco.
La historia inició en 1933, cuando Ixchiguán, que pertenecía a Tajumulco, decidió independizarse. Pero los límites territoriales no quedaron definidos.
Entre los pobladores comenzó la pelea. Reclamaban terrenos y fuentes de agua.
Cuando la amapola era popular en estos territorios, la venta atrajo a carteles. Tajumulco le vendía su producción al Cártel Jalisco Nueva Generación e Ixchiguán lo hizo al de Sinaloa.
La venta de amapola y la presencia de los cárteles facilitó el acceso a armas de fuego para los pobladores involucrados en la guerra del territorio. También les llegaron a través de miembros de la guerrilla y del Ejército de Guatemala, luego de la firma de los Acuerdos de Paz en 1996.
El área con el conflicto más álgido está en cuatro comunidades: Tuichán, Villa Nueva en Ixchiguán y Villa Real en Tajumulco.
Y en el epicentro de la zona caliente, hay una aldea: Las Brisas.
La historia de Las Brisas
Históricamente las Brisas pertenecía a Ixchiguán. Pero, después de que el municipio se independizó y cuando los pobladores revisaron los documentos de sus propiedades, descubrieron que las tierras eran parte de Tajumulco.
Tajumulco ofreció declararlos legalmente como aldea. Aceptaron, y cambiaron de municipio. Pero no terminaron de establecer los límites territoriales.
Esto provocó que las amenazas y agresiones —que los pobladores llevaban años recibiendo para dejar la aldea— aumentaran. Ahora, los vecinos de Ixchiguán los veían como traidores.
A la guerra por el territorio, se sumaron dos elementos: la militarización y, luego, la llegada de carteles del narcotráfico. Ambos estaban vinculados con un producto: la amapola.
Desde hace 40 años, la siembra de amapola se convirtió en una forma de subsistencia en San Marcos. Comenzó en Tajumulco y pronto se contagió a Ixchiguán.

Una de las casas abandonas y destruidas ubicada en la aldea de Las Brisas, Tajumulco, territorio en disputa que, en la actualidad, es controlado militarmente por pobladores pertenecientes al municipio de Ixchiguán. Fotografía: Simone Dalmasso.
Reunidos en el patio de la casa donde se refugió el alcalde comunitario, en una aldea de la cabecera departamental de San Marcos, un grupo de vecinos recuerda que, en diciembre de 2021, llegaron hombres armados con pasamontañas para advertirles que no podían quedarse más. Tenían que irse.
Horas después cumplieron la amenaza. En la noche, los vecinos escucharon disparos. Salieron sin sus pertenencias, algunos en carro, otros caminando. Al rato escucharon que destruían sus hogares. Miraron hacia atrás y solo vieron humo.
Las 72 familias que conformaban la comunidad huyeron de la aldea esa noche. Se dispersaron por otros territorios.
Algunos se fueron a donde familiares o amigos. Otros alquilaron casas o migraron a Estados Unidos. Se quedaron sin hogar y sin tierras para cultivar.
No hay certeza sobre quiénes fueron las personas que expulsaron a los pobladores de Las Brisas de su territorio. Los afectados, los desplazados, culpan a personas de Ixchiguán.

Una de las casas abandonas y destruidas ubicada en la aldea de Las Brisas, Tajumulco, territorio en disputa que, en la actualidad, es controlado militarmente por pobladores pertenecientes al municipio de Ixchiguán. Fotografía: Simone Dalmasso.
Adolfo López, alcalde auxiliar de Las Brisas, explica que su tragedia no tiene relación con la amapola. Dice que sus vecinos nunca sembraron ni se involucraron con violencia en el conflicto, pero la violencia los alcanzó y los desalojó.
Pero, en junio de 2022 y marzo de 2023, la PNC informó sobre acciones de erradicación de amapola en este lugar. Los vecinos no saben qué pasó, pues ya no estaban en su comunidad. Reiteran que nunca sembraron amapola, sólo avena, maíz, papa, haba y trigo.
«Estamos acabados, no tenemos un sueldo, toda la gente está sin casa, no tienen sus terrenos, no tienen siembra. No hay dinero. No tenemos cómo vivir. Estamos como refugiados en donde podemos», dice López.
Dos años después de la noche violenta, la comunidad sigue sin obtener una respuesta de las autoridades. Los niños dejaron de estudiar en 2020 y 2021 por la pandemia y en 2022 porque no tenían un lugar para hacerlo. En 2023 regresaron a clases en un espacio improvisado que está en la comunidad a donde se desplazaron la mayoría de las familias.
En la pequeña aula de lámina, una covacha construida por los padres de familia en un lugar de diez por seis metros no sobra espacio, sobran escritorios. Los niños están migrando.