1 de septiembre de 2026 - 12:37 PM
SALUD MENTAL | Artículo por psicóloga clínica Carolina Escobar 
carolina@escobar.gt

Una mirada desde la psicología del apego, la compulsión a la repetición y la codependencia emocional 


Es una de las preguntas más frecuentes en consulta psicológica: “¿por qué siempre termino con el mismo tipo de pareja?”. La persona describe vínculos distintos en apariencia —diferentes nombres, rostros e historias—, pero con un patrón emocional que se repite: distancia, indisponibilidad, control, abandono o inestabilidad. La psicología contemporánea ofrece una explicación consistente a este fenómeno, que combina la teoría del apego, la llamada compulsión a la repetición y los mecanismos de la codependencia emocional. Ninguno de estos conceptos implica que la persona “busque” sufrir de manera consciente; se trata, más bien, de patrones aprendidos en la infancia que operan de forma automática e inconsciente en la vida adulta. 


El apego infantil como plantilla relacional 

La teoría del apego, formulada originalmente por el psiquiatra John Bowlby y desarrollada empíricamente por Mary Ainsworth, sostiene que el vínculo que establecemos con nuestros cuidadores principales durante los primeros años de vida funciona como un modelo interno de trabajo: una especie de plantilla inconsciente sobre lo que se puede esperar de los demás, de uno mismo y de la intimidad en general. Cuando ese cuidado es consistente y sensible, el niño desarrolla lo que se conoce como apego seguro. Cuando, por el contrario, el entorno es impredecible, negligente, intrusivo o atemorizante, emergen los llamados apegos inseguros: ansioso, evitativo o desorganizado. 


Investigaciones en apego adulto han mostrado que existe una notable continuidad entre el apego infantil hacia el cuidador y el apego que se establece después con la pareja sentimental, ya que ambos vínculos comparten el deseo de proximidad, la búsqueda de consuelo en la otra persona y su uso como base segura frente al estrés. En otras palabras, el sistema de apego no desaparece en la adultez: simplemente cambia de figura, y busca en la pareja las mismas dinámicas —seguras o inseguras— que aprendió a esperar de niño. 


Los estilos de apego y su huella en la vida adulta 


  • Apego seguro: se forma cuando los cuidadores responden de manera adecuada a las necesidades del niño. En la adultez favorece relaciones estables, con confianza y capacidad de intimidad. 


  • Apego ansioso: suele desarrollarse ante un cuidado inconsistente. En pareja aparece como miedo intenso al abandono, necesidad de validación constante y dificultad para tolerar la distancia del otro. 


  • Apego evitativo: se asocia a cuidadores distantes o poco receptivos. En la adultez se traduce en dificultad para la intimidad emocional y tendencia a evitar el compromiso. 


  • Apego desorganizado o inseguro: surge en entornos donde el cuidador fue fuente de miedo o confusión, por ejemplo, por comportamientos erráticos o abusivos. En la vida adulta se relaciona con vínculos caóticos, patrones impredecibles y dificultad para regular las emociones. 


Un dato relevante señalado por especialistas es que las personas con apego inseguro tienden a vincularse, con frecuencia, con otras personas que comparten un estilo de apego similar, lo que refuerza y perpetúa la dinámica relacional aprendida en la infancia. 


La compulsión a la repetición: por qué se elige lo conocido, aunque duela 

Desde el psicoanálisis, el concepto de compulsión a la repetición explica otra parte del fenómeno. La psique tiende a recrear, de forma inconsciente, situaciones emocionales que resultan familiares, incluso cuando esas situaciones fueron dolorosas en el pasado. Lo “familiar” no es necesariamente lo agradable, sino aquello que el sistema nervioso reconoce como conocido y, por lo tanto, predecible. Una persona que creció en un hogar donde el afecto era intermitente puede sentir, de adulta, que una relación estable y disponible resulta “aburrida” o incluso genera desconfianza, mientras que un vínculo intenso, ambivalente o difícil de conseguir se percibe —erróneamente— como una señal de amor verdadero. 


Diversas fuentes clínicas coinciden en que las experiencias traumáticas o las dinámicas familiares mal gestionadas en la infancia —como la negligencia emocional, el conflicto constante, el abuso o la ausencia de una figura parental— generan dificultades posteriores para la regulación emocional, lo que puede traducirse en relaciones adultas marcadas por patrones repetitivos disfuncionales, dependencia extrema, miedo al abandono y dificultad para poner límites saludables. Reconocer este patrón no busca culpabilizar a quien lo vive, sino comprender su origen para poder modificarlo. 


Codependencia emocional: cuando el vínculo sustituye al trauma no resuelto 

La codependencia emocional es un patrón relacional en el que el bienestar psicológico de una persona queda subordinado al estado de ánimo, la aprobación o la presencia del otro. Suele describirse como una forma de “adicción a las relaciones”, en la que uno de los miembros de la pareja se enfoca de manera excesiva en las necesidades, emociones o problemas del otro, llegando a descuidar los propios. 


Este patrón no aparece de manera espontánea: con frecuencia se origina en hogares donde el niño debió asumir un rol de cuidador emocional, donde no se le permitió expresar libremente sus emociones, o donde creció en un entorno marcado por el abuso, la negligencia, la adicción o la enfermedad mental de un familiar. En ese contexto, el niño aprende tempranamente que su valor depende de ser útil, complaciente o indispensable para los demás, una creencia que después se traslada a la vida adulta y a la manera de vincularse en pareja. 


Algunas señales de una dinámica codependiente 


  • Autoestima que depende casi por completo de la aprobación o el estado emocional de la pareja. 
  • Dificultad para poner límites, decir “no” o expresar necesidades propias por miedo al conflicto o al abandono. 
  • Tendencia a justificar, minimizar o normalizar comportamientos dañinos del otro. 
  • Sensación de vacío, ansiedad o pánico ante la posibilidad de una separación. 
  • Necesidad de “rescatar”, controlar o hacerse cargo del bienestar emocional de la pareja. 


¿Cómo se traduce todo esto en la elección de pareja? 

La combinación del apego inseguro, la compulsión a la repetición y la codependencia emocional explica por qué, sin proponérselo, muchas personas se sienten atraídas por parejas que reproducen —con matices— el clima emocional de su infancia: la indisponibilidad de un padre distante, la imprevisibilidad de una madre ansiosa, o la sensación de tener que “ganarse” el amor. Este mecanismo no es una elección consciente ni una fatalidad inevitable; es, más bien, una respuesta adaptativa que en su momento permitió sobrevivir emocionalmente en un entorno difícil, pero que en la adultez puede volverse un obstáculo para construir vínculos sanos. 


El camino hacia relaciones más sanas 

La buena noticia, respaldada por la evidencia clínica, es que los estilos de apego no son una sentencia definitiva. Los especialistas coinciden en que, con el apoyo adecuado, es posible desarrollar lo que se conoce como “apego seguro ganado”: un estilo de vinculación más sano construido en la vida adulta, incluso cuando la infancia no lo ofreció. Entre los pasos más recomendados por la literatura especializada se encuentran: 


  • Identificar el propio estilo de apego y reconocer los patrones que se repiten en las relaciones pasadas. 
  • Buscar acompañamiento psicoterapéutico, especialmente enfoques centrados en el apego, el trauma y los esquemas tempranos. 
  • Aprender a diferenciar la intensidad emocional de una relación de su verdadera seguridad y salud. 
  • Practicar el establecimiento de límites y la comunicación directa de necesidades. 
  • Trabajar la autoestima y la regulación emocional de manera independiente del vínculo de pareja. 


Entender por qué se repiten ciertos patrones no es un ejercicio de autoculpa, sino el primer paso —y con frecuencia el más liberador— para dejar de repetir viejas heridas y empezar a construir relaciones basadas en la seguridad, el respeto mutuo y la reciprocidad. 


Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación ni un tratamiento psicológico profesional. Si te identificas con estos patrones, considera consultar a un psicólogo o psicoterapeuta.